Poesía en la primavera árabe

Decía Neruda que podrán cortar todas las flores, pero no detendrán la primavera.

En enero del año pasado, en plena época de manifestaciones en la plaza de Tahrir, el poeta egipcio Hisham Al Gakh  floreció en televisión. Participaba en Prince of Poets, una suerte de Operación Triunfo de la poesía en Oriente Próximo. Hisham, ante una audiencia de miles de árabes, recitó en verso y en directo un simple deseo: el de poder moverse libremente entre los países vecinos, entre “casas”, con las mismas fronteras que podrían existir entre distintos “hermanos”.

Hisham estaba expresando una idea que ya se coreaba en las calles. Sin embargo, a diferencia de lo que pueda parecer, para muchos árabes no ha sido necesario crear una poesía revolucionaria. Más bien todo lo contrario: primero debe venir la poesía, y luego la revolución. No hace falta crear letras que protesten, sino protestar con letras que tienen valor poético en sí mismas, y no sólo valor de insurrección.

Esto explica, por ejemplo, que uno de los mayores emblemas poéticos de la primavera árabe haya fallecido en 1934. Abul-Qasim al-Shabi, de Túnez, con su poema “A los tiranos del mundo”, pretendía luchar contra el colonialismo francés de la época.

Tirano opresivo,

Amante de la oscuridad, enemigo de la vida

 Has ridiculizado los suspiros de la gente débil

 Tu palma está empapada con su sangre

 […] Cuidado porque debajo de las cenizas hay fuego

 Y el que hace crecer espinas, come heridas.

Nunca supo Al-Shabi que en las escuelas los niños tendrían que aprenderse esos versos de memoria, ni que se les daría el uso que les dan los manifestantes de hoy. Se suele escuchar entre el griterío de las revueltas una frase: el pueblo quiere la caída del régimen. Pronunciada en árabe, esta oración suena muy similar a la escrita por el poeta tunecino: si el pueblo quiere vida, el destino tendrá que obedecer.

En Egipto, el héroe local es Ahmed Fouad Negm. A día de hoy sigue vendiendo libros e incluso ha dirigido obras de teatro que tienen que ver con su lírica. Durante el régimen de Mubarak, lamentaba que donde vive  “no es Egipto”. No duda en alzar su voz contra la dictadura, alegando no tener miedo a nadie por tampoco querer nada de nadie.

Pero Ahmed es de los pocos que se atreven a expresar públicamente sus ideales. En los países árabes, el total anonimato puede ser una fuente de protección tan útil como la fama internacional. Estar respaldado por millones de fans equivale a ser intocable por los dictadores. Otros, ven en el exilio una solución más simple para la continuidad de la actividad poética.

El marroquí Mohammed Bennis, uno de los escritores más traducidos a los idiomas de occidente, cree firmemente en la primavera árabe. Y para él, la poesía es la voz de las lenguas. Se trata de un canto que no busca convencer al que lo oye, sino que aplique ese canto a su interior. Los poemas pueden ayudar a impulsar las revoluciones sociales, pero no reflejando realidades, sino creándolas. Éste es el poder de la poesía.

Amal Dunqul, fallecido en 1983, pero también otro icono de la revolución actual, escribió:

La justicia había muerto y regía la ley del rifle. Sus hijos

 eran crucificados en las plazas o ahorcados en los rincones 

 Dije: Que haya justicia en la tierra, pero no la hubo

 La justicia sólo la poseyeron seres sentados en tronos de cráneos con sudarios como manteles

 Y Dios vio que eso no era bueno.

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